Antonella Anedda
Espera a que baje la temida noche, que se esfume
la luz del crepúsculo, y ruede
la tierra sobre su eje.
Ésta es la verdad de esta noche incierta
en los matorrales de acacias y en las casas
ésta la medida: un acre de desierto.
Soporta que tus pensamientos en la penumbra
avancen como punzadas de la memoria.
Puedes alinearlos hasta el abismo del miedo
mirarlos vacilar cuando la llanura se vuelve oscura
esperar su regreso ahora que el perro calla
y la mente se apaga
por un segundo forma sin mal
alma del geranio
estirado en la baranda.
Mario Benedetti
A mi padre
Está solo quieto en la tos.
A ratos coge las manos y las pone en la mesita
para beber el vaso de agua comprada,
como tantos prados vistos sin comentarlos,
tantas cosas hechas cada día.
Hay una cajonera con espejo,
dos sillas oscuras, un armario, la incandescencia minúscula de una estufa.
Unos tapetes, la estampa de una navidad con su ramita de olivo,
un cuaderno, unos pantalones, sus cosas.
Enfrente, el cielo que llegó con él,
los árboles que con él llegaron. Tal vez una grava de juegos
y de muertos, que son silencio, un único gran silencio, un silencio de todo.
A veces el agua del Cornappo era su saliva más tierna,
un respiro que resbalaba entre las rocas.
A veces, todo era el pajarillo del frío dibujado en el libro de lectura
junto a un poema escrito en grande para aprenderlo de memoria.
A veces nada, pasar por aquí a por el trozo de chocolate
y la tos, la manera esa de la luz de hacer temblar las cosas,
el trajín, el pavimento aturdido del malestar.
Franco Buffoni
Como un políptico
Como un políptico que se abre
Y dentro está la historia
Mas se abre cada tanto
Sólo en ciertas ocasiones,
Por fuera, sin embargo, es monocromo
Gris todos los días,
La sensación de no ser capaz ya,
De no saber ya recordar
A la vez
Toda su existencia,
Como la historia que hay dentro del políptico
Y no se ve,
Le venía la ansiedad del no-haber sido
Cuando en realidad sabía que había sido,
Del no haber leído o poseído jamás.
La sensación en fin de estar por empezar
A no recordar todo como era antes,
Mientras el viento caprichoso
Cortejaba cual amante
Los jóvenes chopos
Hasta su temblor.
Maurizio Cucchi
No digo que no, un poquito, incluso,
lo había hasta pensado (pero, en el fondo,
no era yo muy astuto…). Y, luego, al ver allí encima
a aquel cura negro, brazos en jarra, mirada desafiante (“qué hacéis
vosotros dos a vuestra edad,
ahí sentados en el césped. Que además es propiedad privada”).
¿Era para avergonzarse? ¿O más bien
para reírse y cabrearse? Lo cierto es que farfullando
nos metimos ella y yo en el bolsillo nuestros pañuelos
y bajamos. Y sin saber ni siquiera adónde ir (“mira tú,
será imbécil. Se estaba tan bien. Como si estuviéramos haciendo
algo malo...”)